La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho», tras un operativo militar en Tapalpa, representó —en teoría— uno de los golpes más contundentes al crimen organizado en México en más de una década.
Sin embargo, los hechos posteriores convirtieron ese supuesto triunfo en una demostración brutal de la fragilidad del Estado y de la profunda complicidad.
Lo que ocurrió inmediatamente después no fue solo previsible: fue evitable y, por tanto, imperdonable. El CJNG respondió con una ofensiva coordinada en al menos 20 estados, con narcobloqueos masivos, quema de vehículos, autobuses y comercios, ataques a civiles, bloqueo de carreteras federales y enfrentamientos que dejaron decenas de muertos, incluyendo al menos 25 elementos de la Guardia Nacional, más de 170 detenciones y un caos que paralizó ciudades enteras, desde Guadalajara hasta zonas turísticas y fronterizas.
¿Y dónde estaba el plan de contingencia del gobierno federal? ¿Dónde estaba la estrategia de contención inmediata? Es inconcebible que tras años de inteligencia acumulada, con apoyo estadounidense, y sabiendo perfectamente el modus operandi del CJNG la Secretaría de Seguridad, la Sedena y la Presidencia no tuvieran listo un despliegue preventivo masivo en Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Nayarit y otros bastiones del cártel.
No hubo blindaje anticipado de carreteras clave, no se reforzaron aeropuertos ni terminales de autobuses, no se activaron protocolos de emergencia en municipios vulnerables. Simplemente se esperó a que el cártel reaccionara… y reaccionó con saña.
Esta omisión no es un error operativo; es una falla estructural de proporciones catastróficas y solo quedan dos explicaciones posibles: incompetencia monumental o algo mucho más oscuro.
La primera ya sería grave —implicaría que el equipo de seguridad nacional, encabezado por figuras que se jactan de experiencia en inteligencia y contención, no anticipó lo obvio—. Pero la segunda hipótesis, la de la complicidad pasiva o activa, cobra fuerza ante la evidencia: El gobierno de Claudia Sheinbaum ha intentado vender la caída del Mencho como un éxito rotundo de su estrategia de seguridad, pero los hechos la desmienten.
Lo que vimos fue un Estado rebasado, una ciudadanía abandonada y la violencia no terminó con la muerte del capo; solo cambió de forma y posiblemente se vuelva más fragmentada y sangrienta en la lucha por la sucesión.
Si no hubo plan de contingencia real, si no se blindaron las zonas críticas con anticipación, si se permitió que el terror se extendiera por horas sin una contención efectiva.
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