La segunda megamarcha por el agua en Guadalajara dejó una lección que va más allá de los intentos por criminalizar las protestas legítimas: más de 9 mil personas salieron a las calles para exigir agua limpia y demostraron que el miedo no tiene por qué callar a la ciudadanía. Después de la represión de la marcha anterior, también quedó claro que organizarse, acompañarse y cuidarse entre sí puede ayudar a proteger a quienes alzan la voz.
Aunque el agua limpia fue la principal exigencia, la marcha también reunió reclamos contra el gobierno de Jalisco, ya que los asistentes pidieron justicia por las agresiones y detenciones de la protesta anterior, rechazaron la gestión de Pablo Lemus y expresaron su apoyo a la revocación de mandato por las malas gestiones de su gobierno.
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La jornada, sin embargo, quedó marcada por daños en edificios públicos y comercios, que Pablo Lemus atribuyó a personas encapuchadas que usaron objetos y artefactos explosivos, mientras algunos manifestantes señalaron a un presunto grupo de choque enviado por el gobierno que habría intentado provocar el caos y frenar la protesta, aunque hasta ahora no se ha confirmado de forma oficial quiénes estaban detrás de estos hechos.
En medio de esa tensión, la marcha quedó detenida durante las primeras horas por la presencia de un grupo de encapuchados cuyo contingente no estaba claro, lo que llevó a los asistentes a formar una barrera humana al cruzar los brazos y tomarse de las manos para evitar posibles agresiones contra quienes permanecían dentro, una forma de protegerse entre sí que también convirtió la espera en un plantón y mostró la fuerza de las redes de cuidado que surgieron tras la represión de la protesta anterior.
Los contingentes esperaron más de dos horas antes de comenzar el recorrido, atentos a lo que ocurría y hasta que el grupo de choque que apareció al inicio se retiró. Una vez que la marcha avanzó, los asistentes se mantuvieron alerta y, cuando alguien les parecía sospechoso o hacía destrozos, una misma consigna se escuchaba entre la multitud: “¡Es pacífica!”.
La segunda megamarcha dejó así una lección para quienes exigen respuestas: organizarse y salir a la calle permite colocar un problema en la conversación pública, incluso cuando existen temor, confrontaciones y dudas sobre la actuación del poder, porque la lucha por el agua segura no termina con una protesta y cada voz que se suma, así como cada gesto de solidaridad, recuerda que los derechos también se defienden cuando la ciudadanía decide reclamarlos.
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