
La lamentable estampa del político mexicano actual, se vive el ocaso de los debates en tribuna con argumentos y ahora las bravuconadas y espectáculos bochornosos son el pan de cada día.
La política mexicana, que alguna vez se distinguió por tribunos capaces de articular ideas, defender posturas con argumentos y sostener debates de altura, parece haber caído en un pantano de bravuconadas y espectáculos bochornosos.
El reciente altercado entre Gerardo Fernández Noroña, senador de Morena, y Alejandro “Alito” Moreno, líder del PRI, es un triste reflejo de esta decadencia. Lo que debería haber sido un espacio para la deliberación democrática se convirtió en un ring de empujones, insultos y golpes, dejando en el suelo no solo a un trabajador del Senado, sino también la dignidad de la política mexicana.
Este incidente, captado por cámaras y viralizado en redes sociales, no es un caso aislado. La confrontación física entre Noroña y Moreno se suma a una serie de episodios similares en el Congreso, como los zafarranchos por la extinción de fideicomisos en 2020 o la discusión de la Miscelánea Fiscal en 2021.
En cada uno de estos casos, la palabra, el argumento y el respeto han sido sustituidos por la fuerza, la provocación y el espectáculo. ¿Dónde quedó la capacidad de dialogar? ¿En qué momento el político mexicano decidió que las bravuconadas son más efectivas que las ideas?
El pleito entre Noroña y Moreno fue la punta del iceberg de una serie de provocaciones y fanfarronerias que generó una escalada de agresiones verbales y físicas, con empujones y manotazos que culminaron en la caída de un trabajador del Senado, identificado como Emiliano, quien intentaba intervenir.
Este acto no solo evidenció la falta de control de ambos legisladores, sino también una profunda carencia de responsabilidad cívica. En un país que clama por liderazgos que inspiren y soluciones a problemas estructurales, ver a dos figuras prominentes de la política mexicana comportarse como matones de barrio es, cuando menos, desolador.
En las redes sociales, los militantes de Morena y del PRI se enfrascaron en una guerra de narrativas, defendiendo a sus respectivos líderes sin cuestionar el fondo del problema: la incapacidad de resolver diferencias mediante el debate racional. Esta polarización, alimentada por la intolerancia y la falta de autocrítica, es el caldo de cultivo perfecto para que la política mexicana siga degradándose.
El escenario político parece dominado por personajes que prefieren el escándalo al argumento, la confrontación física a la persuasión. La violencia verbal y física no es solo un síntoma de la polarización, sino también de una profunda crisis de liderazgo.
La democracia no puede sostenerse en gritos, empujones y shows mediáticos. Necesitamos legisladores capaces de articular propuestas, escuchar al adversario y construir acuerdos, no de convertir el Congreso en un circo.
El pleito entre Noroña y “Alito” no es solo una anécdota vergonzosa; es un recordatorio de lo mucho que hemos perdido como sociedad al permitir que la política se reduzca a un espectáculo de bravuconadas.
