Damián Alcázar: el actor que prioriza al partido sobre la nación
Damián Alcázar: el actor que prioriza al partido sobre la nación, su activismo encaja perfectamente en el discurso soberanista que el oficialismo mexicano promueve desde 2018. Alcázar no defiende a México en abstracto: defiende su México, el que alinea con Morena.
Damián Alcázar, famoso por roles de corruptos en cine mexicano, se ha erigido como uno de los defensores más vocales de la Cuarta Transformación y Morena.
Su activismo en redes y declaraciones repite casi al pie de la letra la narrativa oficial de Palacio Nacional: elogios incondicionales a Claudia Sheinbaum, ataques a la oposición y defensa cerrada del movimiento.
Su reciente boicot al Festival de Sundance 2026 —donde competía su película Ha-chan, Shake Your Booty!— por rechazar las políticas antimigrantes de Donald Trump ilustra el patrón.
Calificó a los agentes del ICE como “terroristas enmascarados”, tildó la situación en EE.UU. de “terrible” y criticó a otros países por ser “doblados y agachones” ante un “bulleador”.
Estas frases suenan combativas, pero encajan perfectamente en el discurso soberanista que el oficialismo mexicano promueve desde 2018: resistir presiones externas mientras se consolida el control interno.El problema radica en la falta de autonomía.
Alcázar nunca critica fallos del gobierno en inseguridad, economía o incumplimientos clave de la 4T. Sus opiniones coinciden textualmente con las “mañaneras” o cuentas militantes: repite consignas contra la “mafia del poder”, defiende a ultranza a Sheinbaum y minimiza cualquier señalamiento de autoritarismo o centralización.
En redes, opositores lo llaman “palero” o militante ciego, y con razón. Su anti-Trump se vende como defensa nacional, pero sirve más para reforzar la imagen de un gobierno que “resiste” al exterior sin cuestionar sus propias contradicciones.
Alcázar no defiende a México en abstracto: defiende su México, el que alinea con Morena. Eso no es nacionalismo genuino; es lealtad partidista selectiva disfrazada de patriotismo.
En un país polarizado, su rol como vocero no oficial resta credibilidad a cualquier crítica externa que haga.
