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La improvisación y el despilfarro en La Minerva

La improvisación y el despilfarro en La Minerva
Publicado el 21 de marzo de 2026 Publicado por Sergio Enrique Hernandez Piñon

La improvisación y el despilfarro en La Minerva, una muestra de como la falta de visión a largo plazo pueden convertir una intervención urbana en una tragicomedia interminable.

La Glorieta de la Minerva, uno de los símbolos más queridos y representativos de Guadalajara, se ha convertido en estos meses en un ejemplo casi perfecto de cómo la improvisación, el despilfarro y la falta de visión a largo plazo pueden convertir una intervención urbana en una tragicomedia interminable.

Apenas en enero de 2026 se inauguró —con bombos y platillos— la “rehabilitación integral” de la glorieta, una obra que costó alrededor de 70 millones de pesos, cifra que ya incluía sobrecostos respecto al presupuesto inicial anunciado, y que se justificó principalmente como preparación para el Mundial de Fútbol 2026.

Los tapatíos se encontraron con un espacio que muchos calificaron de “gris, triste y desangelado”. Las áreas verdes lucían empobrecidas, con plantas que no resistieron ni el primer tramo de calor, y una estética general que parecía más un descampado que un jardín representativo de Jalisco.

En respuesta a las quejas ciudadanas, y aparentemente sin un plan claro desde el principio, las autoridades decidieron intervenir de nuevo apenas unas semanas después.

Y aquí viene el colmo: se retiraron las pencas de maguey que se habían colocado en una etapa previa como opción “más resistente al clima tapatío”, se quitó la tierra roja tradicional que evocaba el paisaje regional, y se sustituyó por tierra preparada para recibir ahora 9,635 ejemplares de plantas endémicas de la región.

Suena bonito sobre el papel: “plantas endémicas” remite inmediatamente a identidad, sostenibilidad, adaptación al clima semiárido de Jalisco, menor consumo de agua, rescate de biodiversidad local.

Pero el problema no está en la idea en sí, sino en el procedimiento caótico y reactivo con el que se está ejecutando. ¿Por qué no se planteó desde el proyecto original un paisajismo xerófilo y bioculturalmente apropiado? ¿Por qué primero se optó por una propuesta que dejó la glorieta semidesnuda y después, ante el rechazo popular, se corre a corregir con otra intervención que implica remover lo recién puesto, generar más desperdicio de recursos y, sobre todo, más gasto público sin que hasta ahora se haya transparentado cuánto costará esta “corrección”?

El resultado visible hoy es desolador: montículos de tierra acumulada, plantas secas o marchitas de etapas anteriores, maquinaria y trabajadores moviéndose otra vez sobre un espacio que apenas llevaba dos meses de “terminado”.

La ciudadanía asiste atónita a un ciclo de prueba y error pagado con impuestos, donde cada cambio parece responder más a la presión mediática o al capricho estético del momento que a un proyecto serio, estudiado y con participación ciudadana real desde el inicio.

La Minerva no necesita más “remodelaciones express” ni más millones tirados en experimentos de jardinería reactiva. Merece un tratamiento respetuoso con su valor simbólico, con el paisaje cultural de Jalisco y con el dinero de los tapatíos.

Lo que estamos viendo es lo contrario: un símbolo de identidad convertido en monumento al despilfarro y a la falta de planeación.

Mientras tanto, las calles de Guadalajara siguen llenas de baches, el transporte público agoniza y las prioridades sociales quedan relegadas. Pero al menos —dicen— pronto tendremos 9 mil plantas endémicas… si sobreviven al siguiente mes de calor y al próximo cambio de opinión de quien maneja el presupuesto.

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