La educación en México parece haber entrado en una prórroga inesperada, pero no por excelencia académica, sino por la logística de un balón. La reciente decisión de la Secretaría de Educación Pública de adelantar el cierre del ciclo escolar 2025-2026 al próximo 5 de junio ha desatado una tormenta que mezcla el fervor mundialista, el rigor climático y, sobre todo, una evidente falta de coordinación en las altas esferas del poder.
El anuncio, capitaneado por el secretario de Educación federal, Mario Delgado, se presentó como una medida pragmática. Bajo el argumento de proteger a los estudiantes de las intensas olas de calor y facilitar la movilidad durante la Copa del Mundo 2026, la SEP optó por recortar casi un mes de clases presenciales.
Sin embargo, la forma en que se comunicó esta decisión dejó al descubierto una fisura en el gabinete. Mientras Delgado ya daba por oficial el calendario y lo difundía en redes sociales, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salir al paso para «recular» ante la lluvia de críticas de padres de familia y organismos civiles.
Al declarar que «no hay un calendario definido» y que la propuesta de Delgado era solo eso —una propuesta emanada de los estados—, Sheinbaum intentó matizar un golpe que ya se sentía como un retroceso educativo.
Esta rectificación pública no solo exhibe un desaseo administrativo, sino que pone en duda quién lleva realmente el timón de la política educativa en este inicio de sexenio.
En el otro extremo del tablero se encuentra Jalisco. La Secretaría de Educación estatal ha mantenido una postura firme y, a mi juicio, más equilibrada.
A diferencia de la rendición total ante el Mundial que propone la federación, Jalisco ya había trazado un plan propio: mantener el calendario hasta finales de junio, contemplando únicamente la suspensión de clases presenciales durante los días específicos de partidos en Guadalajara.
La negativa de Jalisco a plegarse al «megapuente» nacional de tres meses de vacaciones es un acto de realismo pedagógico. Tras los estragos que dejó la pandemia en el aprendizaje, regalar semanas de formación parece un lujo que el país no puede darse.
Es comprensible que un evento de la magnitud de la FIFA trastoque la vida cotidiana, especialmente en sedes como el Estadio Akron o el Estadio Azteca.
No obstante, la solución federal de «cortar por lo sano» y cerrar las escuelas el 5 de junio envía un mensaje peligroso: que el sistema educativo es elástico y prescindible frente al entretenimiento.
El ajuste de Jalisco, que integra la tecnología para no perder días de formación mientras se gestiona el caos vial de los partidos, debería haber sido el modelo a seguir a nivel nacional.
En lugar de ello, asistimos a un espectáculo de contradicciones entre un Secretario que parece más preocupado por la logística del evento y una Presidenta que, ante la presión social, intenta rescatar la imagen de un gobierno que prioriza la educación.
Al final, si el ciclo escolar termina el 5 de junio, los únicos que perderán por goleada serán los 24 millones de alumnos que verán su derecho al aprendizaje supeditado al silbatazo inicial de un árbitro.
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